Vivamos con un corazón ardiente, el corazón de hijos de Dios, hijos amados, hijos resucitados
Por: Ivana y Giovanni Granatelli (Alleanza di famiglie).
Queridos hermanos y hermanas, queridas familias amadas por el Señor, en este tercer domingo de Pascua, la liturgia de la Palabra nos presenta uno de los pasajes más bellos, conmovedores, sorprendentes, iluminadores e interesantes de todos los evangelios.
Los protagonistas son dos discípulos que, tras dejar la comunidad de Jerusalén, están en camino hacia una pequeña aldea llamada Emaús, y Jesús se convierte en su compañero de viaje.
¡Qué actual es este escenario y esta situación que nos presenta el evangelista Lucas! Todo hombre y toda mujer pueden identificarse fácilmente con estos dos personajes; mejor aún, todo matrimonio puede verse reflejado en ellos. Aunque caminamos junto a Jesús, a menudo no lo reconocemos. Nos habla, y no lo reconocemos; como ovejas sordas, no oímos ni reconocemos su voz, la voz del Buen Pastor.
No entendemos lo que nos dice. ¿Cuántas veces hemos tomado un camino equivocado, que no nos lleva a Jerusalén sino que nos aleja de la Ciudad Santa —o podríamos decir de la Iglesia, de nuestra comunidad, de nuestra familia—, y nos desvía por otros senderos, donde luego nos encontramos tristes, decepcionados, amargados, desmoralizados y cansados, desconsolados y sin esperanza? ¿Cuántas veces nos encontramos igual que los discípulos de Emaús, que se sentían confundidos, perdidos, heridos y traicionados? Jesús, el poderoso Profeta, el sabio Maestro, el que había obrado señales y prodigios, el que les había dado la esperanza de ser el Libertador de Israel y el Salvador del mundo, había sido asesinado y sepultado.
Ellos no habían escuchado ni creído, ni siquiera a las mujeres que proclamaban a Cristo resucitado, que lo habían visto, habían conversado con Él y habían hablado con Él. Sus corazones permanecieron cerrados, impasibles, cerrados en su ceguera e incredulidad.
Y he aquí que Jesús, el maravilloso Jesús, que se acerca a ellos, entabla un diálogo delicado, les hace preguntas, se interesa por el tema que les preocupaba.
El mismo Jesús de hace dos mil años, hoy, se acerca a nosotros, las parejas, las familias, nos pone una mano en el hombro y nos pregunta: «Amigos, ¿qué les preocupa? ¿Qué hay en su corazón? ¿Qué les asusta o les entristece? ¿Qué buscan? ¿Qué les pasa por la mente? ¿Adónde van? ¿Qué necesitan? ¿A quién buscan verdaderamente?».
A veces vivimos a ciegas, convencidos de que vemos, pero es mentira; otras veces estamos como dormidos, anestesiados, y nos mantenemos firmes en nuestras convicciones, aunque sean erróneas, comprometiendo nuestra relación con Dios y con los demás.
Hermanos y hermanas, aunque nos vayamos a otro lugar, Jesús no nos abandona; nos sigue y nos alcanza. Aunque estemos absortos en nuestras propias conversaciones, he aquí que Él, con infinita paciencia, nos habla al corazón y vuelve a empezar cada vez desde el principio. Jesús siempre empieza desde el principio, aclara, ilumina, nos hace reflexionar, nos instruye, nos corrige, nos tranquiliza, nos exhorta y, al hacerlo, camina con nosotros. Nunca se cansa de nosotros y, al acompañarnos, nos ama, nos ama todavía, y nos ama inconmensurablemente. Solo su Palabra tiene el poder de alcanzar nuestras profundidades más ocultas y abrir los ojos de nuestro corazón a la verdad, la alegría y la vida.
Cuando nos dejamos tocar por Jesús, surge espontáneamente la petición: Señor, «quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer». Y Jesús no se niega y entra en nuestras vidas, en nuestras parejas, en nuestras familias y en nuestros hogares, y se queda con nosotros. ¿Y sabes por qué? Porque el verbo amar es permanecer. Jesús mismo nos enseñó esto y nos lo recomendó: «Permanezcan en mi amor». Nosotros también, amados, deseamos permanecer en el amor de Cristo, reposar en Él, vivir en Él.
Pero la historia no termina ahí. Jesús se detiene a comer con los dos discípulos, y al partir el pan, finalmente lo reconocen plenamente; sus ojos se abren y pueden ver toda la Verdad. Esta es la experiencia que tenemos personalmente, como parejas y como familias, cuando nos nutrimos de la Palabra de Dios y de su Cuerpo y de su Sangre. El Espíritu Santo abre nuestros ojos, toca nuestros corazones e ilumina nuestras vidas: transforma la tristeza en alegría, la debilidad en fortaleza y el miedo en valentía.
Nuestra alegría es completa porque Jesús está vivo y presente en nuestras vidas, y no podemos contenernos; debemos anunciar que Cristo ha resucitado y que cada día es para nosotros un día de Resurrección y de nueva vida.
No vivamos con el corazón de huérfanos, tristes y solos, sino con un corazón ardiente, el corazón de hijos de Dios, hijos amados, hijos resucitados. Amén, aleluya.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Lo reconocieron al partir el pan.
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: «¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?» Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?» Él les preguntó: «¿Qué cosa?» Ellos le respondieron: «Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron». Entonces Jesús les dijo: «¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?» Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él. Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer». Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: «¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!» Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: «De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón». Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
