
Por: Filippa y Gino Passarello (Alleanza di famiglie).
El evangelio de este domingo nos habla de la oración y, al mismo tiempo, nos interroga sobre la fe. De hecho, cierra con una pregunta inquietante: «cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?».
Sobre la base de esta pregunta, Jesús cuenta una parábola, la de la viuda que implora la justicia de un juez deshonesto y sigue llamando a su puerta hasta que la obtiene.
La invitación de Jesús es clara: orar, orar con perseverancia, sin cansarse; llamar a la puerta del corazón de Dios, porque es seguro que nuestras súplicas no quedarán sin escucharse.
Pero ¿para qué pedir, si Dios es nuestro Padre? Él conoce nuestras necesidades, nuestras angustias, las aspiraciones más profundas de nuestro corazón, ¿qué razón hay para pedir?
Sin embargo, incluso Jesús, como nos dicen los Evangelios, se retiraba a orar, no sólo para estar en intimidad con el Padre sino, en muchas ocasiones, para interceder en favor de los hombres.
Cuando oramos, volvemos a nuestro lugar de criaturas ante el Creador, reconocemos su grandeza y nuestra pequeñez y, pidiendo su ayuda, crecemos en humildad, porque sabemos que sin él nada podemos hacer.
Además, la oración nos permite entrar en la intimidad, en confidencia con el Padre, y abre el corazón a la confianza.
Cuántas luchas viven nuestras familias, cuántas dificultades relacionadas con el trabajo, con los escasos recursos económicos, con la enfermedad o con las difíciles dinámicas relacionales entre los cónyuges y con los hijos, con las elecciones de estos últimos, no siempre compartidas, con sus dificultades y sufrimientos. Cuántas cargas dolorosas a llevar, cargas que nos lastiman y, a veces, nos aplastan porque nos sentimos impotentes y perdidos.
La palabra de hoy es para nosotros, viene como bálsamo a nuestras heridas, nos exhorta a dirigir con confianza nuestras peticiones al Padre y a perseverar con valentía y audacia, porque Él, como nos asegura Jesús, no nos hará esperar mucho. La viuda llama sin cansarse porque cuenta con la certeza de que será escuchada, es su fe la que obtiene justicia.
Jesús nos recuerda que no sólo es importante llamar sino que es necesario hacerlo con perseverancia y fe, porque es la oración la que alimenta la fe y la fe da fuerza a la oración. «La lámpara de la fe —nos recordaba el Papa Francisco—estará siempre encendida sobre la tierra mientras esté el aceite de la oración».
Sigamos dirigiendo nuestras súplicas al Padre, sin desanimarnos ni esperar una respuesta inmediata a nuestros pedidos. Sigamos con confianza, porque ninguna oración queda sin ser escuchada y sin respuesta.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Dios hará justicia a sus elegidos, que claman a él.
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 18, 1-8.
En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola: «En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: «Hazme justicia contra mi adversario». Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando»». Dicho esto, Jesús comentó: «Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?».
Palabra del Señor.