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Es hora de encontrarnos con Dios

Por: Lina y Dino Cristadoro (Alleanza di famiglie).

Jesús acude al pozo para una cita ya concertada por el Espíritu. Allí se encuentra con una mujer, la samaritana. «Dame de beber», le dice, «tengo sed». La mujer responde de forma un tanto provocativa: «¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». De hecho, existían divisiones entre judíos y samaritanos, y además, los hombres no hablaban con las mujeres. Pero Jesús rompe todos los esquemas. No le importa quién era la mujer, sino solo lo que es: una hija amada.

La simple petición de agua de Jesús es el inicio de un diálogo. Con gran delicadeza, Jesús entra en el mundo interior de una persona, abriendo el corazón de la mujer: le pide de beber porque conoce la sed de Dios que hay en ella. Ella, marginada, burlada y ofendida, necesita encontrar el Amor verdadero: el de un Dios que no juzga, sino que simplemente la ama, que tiene sed de su amor.

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva».

Es el comienzo de un camino; todo se transforma; la mujer se siente amada, reconocida, una nueva criatura purificada por el agua viva.

Va y anuncia a todos que ha encontrado al Mesías: alguien que ha cambiado su vida; los papeles se invierten: primero Jesús tiene sed, luego la mujer, y ahora puede beber del corazón de Jesús, que se convierte en la fuente del agua de la vida.

Es la mujer quien pide: «Dame de esa agua»: es el momento de la conversión, del cambio de vida. En nuestras vidas, ¡cuántas veces nos hemos encontrado con el Señor pidiéndonos de beber! Jesús, el Señor que tiene sed de nuestro amor, de nuestro «sí», que siempre viene a buscarnos porque quiere transformar nuestras vidas de adoradores de ídolos (los siete esposos) a adoradores del Espíritu y de la verdad.

¿Cómo respondemos a la sed de Jesús? ¿A su sed de nosotros? ¿Qué tenemos en las tinajas de nuestras vidas, de nuestras familias?

Quizás aún no hemos aceptado la invitación de Jesús, su sed de ser nosotros mismos fuentes de agua viva; no hemos entregado, no hemos confiado nuestras vidas al Señor porque estamos ocupados o distraídos con mil cosas.

Hoy, Jesús nos dice: «Soy yo, el que habla contigo».

Es hora de encontrarnos con Dios, de confiarnos a Él, de retomar, o incluso intensificar, la oración familiar. Intentemos crear un espacio para nutrir el espíritu, involucrando a los niños y a los ancianos en casa, quizás incluso aprendiendo oraciones antiguas de ellos. Necesitamos dialogar para preservar nuestras relaciones familiares, dialogar como pareja, pasar más tiempo juntos para mirarnos a los ojos, para hablar de nosotros mismos con el corazón abierto. Dialogar con nuestros hijos, con nuestros seres queridos.

Un diálogo eficaz nutre las relaciones y, a veces, puede ayudar a salvar muchas situaciones humanas difíciles, a reanudar un camino interrumpido.

La samaritana junto al pozo se cuestiona, acoge el diálogo con un judío que quiere llenar su vida: es conversión, un cambio de vida, un encuentro nupcial; se convierte en la esposa de Jesús para siempre. Nosotros también podemos volver a lo esencial: adorar a Dios en espíritu y verdad, llenarnos del agua de la vida para dialogar con el mundo exterior, demostrando con nuestras vidas la belleza del Evangelio.

(Traducido del original en italiano).

EVANGELIO

Un manantial capaz de dar la vida eterna.

✠ Del santo Evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía. Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: «Dame de beber». (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: «¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva». La mujer le respondió: «Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?» Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna». La mujer le dijo: «Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla». Él le dijo: «Ve a llamar a tu marido y vuelve». La mujer le contestó: «No tengo marido». Jesús le dijo: «Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dijo: «Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dijo: «Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad». La mujer le dijo: «Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo». Jesús le dijo: «Soy yo, el que habla contigo». En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?’ Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?» Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde él estaba. Mientras tanto, sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen». Los discípulos comentaban entre sí: «¿Le habrá traído alguien de comer?» Jesús les dijo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro meses para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: ‘Uno es el que siembra y otro el que cosecha’. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto». Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo».

Palabra del Señor.

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