Quien confía en el amor vive en el amor y experimenta la fuerza del Espíritu que hace fecunda la relación hombre-mujer y padres-hijos
Por: Maria y Sebastiano Fascettaa (Alleanza di famiglie).
Estamos invitados, como bautizados y como esposos, a vivir, siguiendo el ejemplo de la Trinidad, la dimensión del amor, de la donación total de lo que somos, para que nada se pierda al interior de la relación. Un amor que no condena ni juzga sino que da vida, para que ninguno se pierda.
¿Podemos perder a nuestro cónyuge? Sí, cada vez que estamos distraídos, replegados en nosotros mismos, preocupados por nuestro egoísmo y por nuestras necesidades, sin darnos cuenta del deseo de nuestra mujer o marido. El amor es un arte que hay que vivir y alimentar con gestos y palabras, como lo hizo Jesús, 𝘓𝘰𝘨𝘰𝘴 hecho carne.
El Evangelio habla también de la fe: «El que cree en él no será condenado»; es decir, quien confía en el amor vive en el amor y experimenta la fuerza humanizadora del Espíritu que hace fecunda la relación hombre-mujer y padres-hijos. Dar confianza al otro es una manifestación del amor-donación, un modo de hacer practicable y visible el 𝘢𝘨𝘢𝘱é conyugal, libre de egoísmo y capaz de esperarlo todo y de soportarlo todo.
Amar no es espontáneo, no es fácil porque implica armonía entre la diversidad hombre-mujer. Por eso, el evangelio de este domingo es una manera luminosa de comprender, en la escuela de Jesús, cómo los esposos están llamados a amarse, en qué medida el amor de Dios puede expandir el amor humano.
Sugerimos, para una práctica del amor, evitar entre los cónyuges las palabras «asesinas», que pueden herir y juzgar, y procurar las palabras buenas y edificantes, capaces de encender la esperanza y restaurar la confianza. Evitar la superficialidad que lleva a darlo todo por sentado, y procurar el renovar cada día la alianza matrimonial, comprometiéndonos a repetir nuestro «sí» a nuestro cónyuge, nuestro deseo de crecer en el conocimiento y cuidado recíproco, con asombro y atención.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Dios envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salvara por él.
✠ Del santo Evangelio según san Juan 3, 16-18
«Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios».
Palabra del Señor.
