Pidamos al Señor que nos transforme en tierra buena, para anunciar al mundo la belleza del amor de Dios
Por: Alessandra y Luca Monsecato (Alleanza di famiglie).
La imagen que Mateo nos presenta en el evangelio de este domingo es la de Jesús hablando a la multitud en la orilla del mar. Hoy, Jesús invita a nuestra familia a detenerse y escuchar la palabra: solo escuchar con interés y atención puede dar fruto en nuestra historia de vida.
La palabra es para todas las familias; Jesús nunca se cansa de sembrar, pero el fruto que se obtiene depende del terreno en el que la familia echa sus cimientos. ¿En qué tipo de terreno crece y vive nuestra familia? ¿Qué tipo de terreno somos nosotros? Quizás seamos un poco de todo tipo, según de las experiencias que atravesamos.
Seguramente somos camino o calle cuando endurecemos nuestros corazones, cuando nos dejamos atrapar por las cosas del mundo, cuando los sacramentos se convierten en una cuestión de tradición, meras formalidades, cuando en nuestro matrimonio no hay espacio para Dios .
A veces somos terreno pedregoso cuando sabemos que Jesús está presente, pero en tiempos de prueba lo olvidamos subitamente. En el matrimonio, falta la roca de la salvación a la que aferrarse, y como consecuencia, el sacrificio, la fidelidad y la capacidad de levantarse tras las caídas; se convierten en montañas insuperables. La renuncia es el camino más fácil de seguir.
Nos convertimos en terreno entre espinos cuando acogemos la palabra, caminamos y saboreamos por un tiempo la belleza del proyecto de Dios para nuestra familia, pero luego permitimos que las espinas sofoquen toda la belleza que hemos construido con Jesús. El egoísmo, la búsqueda de la satisfacción individual, la carrera profesional y la comodidad adquieren una importancia primordial. El camino de los cónyuges con el Esposo se interrumpe bruscamente.
Somos tierra buena cuando podemos dar fruto, cuando nuestra familia se vueve fecunda, cuando los cónyuges elegimos amarnos cada día y afrontar junto al Espíritu Santo los acontecimientos de la vida, tanto tristes como alegres, cuando como padres mostramos a nuestros hijos el camino del amor con compromiso y sacrificio, agradecidos por las muchas gracias recibidas.
Pidamos, pues, al Señor que nos transforme en tierra buena, dispuesta a escuchar la palabra, capaz de eliminar las espinas, las zarzas y las piedras que obstaculizan nuestro camino, llamados, como familia, a anunciar al mundo la belleza del amor de Dios.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Una vez salió un sembrador a sembrar.
✠ Del santo Evangelio según san Mateo 13, 1-23
Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo: «Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga». Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve. Pero dichosos, ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron. Escuchen, pues, ustedes, lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto. En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta».
Palabra del Señor.
