En la vida conyugal y familiar, tenemos la posibilidad concreta de seguir a Jesús, que es el camino: de imitar su modo de amar
Por: Rosa María y Giorgio Middione (Alleanza di famiglie).
En el evangelio de este domingo, Jesús se presenta como «el camino, la verdad y la vida». Después de la resurrección, se prepara para separarse de sus discípulos y, con gran ternura, los acompaña en este trance, dejándoles un auténtico testamento espiritual: una huella, una vocación para todos los que desean seguirlo.
Jesús conoce el temor que habita en el corazón de sus discípulos y, por ello, los tranquiliza: «No pierdan la paz». Los invita a confiar: «Si creen en Dios, crean también en mí», y les entrega una certeza fundamental: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».
¡Cuánta delicadeza y cuánto amor en estas palabras! Jesús no nos deja solos; se ocupa de nosotros y nos señala el camino que debemos recorrer, un camino que se convierte también en vocación, especialmente para nosotros, los esposos cristianos.
No podemos conocer a Dios sino a través de Jesús. Es entrando en comunión con Él como entramos en comunión con el Padre, porque Él y el Padre son uno solo.
Cristo es el camino.
Su caminar nos muestra la ruta maestra: amar hasta el extremo. La vía que Jesús propone es Él mismo, su enseñanza, su Palabra, su vida entregada hasta la cruz. Seguir a Jesús significa vivir como Él vivió: amando y poniéndose al servicio del otro.
Jesús es el camino también en las pequeñas elecciones de cada día: en la manera en que nos hablamos, en el tiempo que nos dedicamos, en la capacidad de pedir perdón y volver a empezar. No son solo los grandes gestos los que construyen el amor, sino la fidelidad en las cosas sencillas.
En nuestra vida cotidiana, en la vida conyugal y familiar, tenemos la posibilidad concreta de poner esto en práctica. El matrimonio es un camino hacia Dios: Jesús nos indica la ruta y camina a nuestro lado. Los esposos avanzan juntos, de la mano, sosteniéndose mutuamente con Jesús al centro.
La vida es un camino.
Seguir a Jesús, que es el camino, significa imitar su modo de amar, hasta la entrega total de sí mismos. Significa cargar la propia cruz y también la del cónyuge. Solo así el amor se convierte en ofrenda cotidiana, en entrega gozosa: no anularse, sino entregarse. Es un amor que crece en el diálogo, en la escucha, en la sinceridad, en la apertura del corazón, buscando juntos soluciones y sosteniéndose en la fe, para que el amor no se agote en la tierra, sino que se oriente hacia la eternidad.
Cristo es la verdad.
El amor conyugal se vuelve auténtico cuando está fundado en Él: un amor en la transparencia que acoge al otro tal como es, en su totalidad.
Comprometámonos a vivir con plena conciencia que nuestro esposo o nuestra esposa es para nosotros ocasión de salvación. Es precisamente en la relación donde estamos llamados a experimentar cotidianamente el amor, viviendo el presente con la mirada fija en la eternidad.
Cuando lleguen las tormentas en la vida de pareja, cuando el corazón esté cansado y agobiado, levantemos la mirada y preguntémonos: ¿qué haría Jesús? Sigamos su ejemplo, hecho de perdón, mansedumbre, humildad y confianza en el Padre, que lo sostuvo en los momentos más difíciles y que está dispuesto a hacer lo mismo con nosotros. Así, lo que construimos ya desde ahora se convierte en un anticipo del Paraíso, un fragmento de eternidad.
Jesús nos dice que está preparando para nosotros un lugar: una comunión plena con Dios. Nuestro caminar en la tierra es un tránsito, y si lo vivimos acogiendo también la fatiga y el sufrimiento, podremos abrirnos a la eternidad. Esta es nuestra esperanza, nuestro consuelo, nuestra certeza.
En este mes de mayo, encomendémonos con humildad a la Santísima Virgen María, para que custodie a cada pareja de esposos. A ella confiamos nuestro anhelo de santidad, para que nos acompañe y nos sostenga en el camino. Caminemos juntos, de la mano, hacia su Reino eterno, seguros de que nuestra vida, tal como es, con sus alegrías y sus fatigas, puede abrirse plenamente al designio de Dios. Amén.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Yo soy el camino, la verdad y la vida.
✠ Del santo Evangelio según san Juan 14, 1-12
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy». Entonces Tomás le dijo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le respondió: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto». Le dijo Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le replicó: «Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: «Muéstranos al Padre»? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre».
Palabra del Señor.
