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Desierto, lugar para vaciarnos y hacer espacio a Dios

Por: Rosa María y Giorgio Middione (Alleanza di famiglie).

La palabra del evangelio de Lucas de este domingo es un importante estímulo para nosotros, los esposos, para que podamos vivir profundamente nuestro itinerario cuaresmal.

La liturgia nos presenta hoy lo que vive nuestro Señor Jesucristo, al retirarse al desierto durante cuarenta días, durante los cuales es repetidamente tentado por el diablo. También nosotros, hombres y mujeres, en nuestra vida matrimonial, en la familia, en el trabajo y en las relaciones cotidianas, vivimos momentos de prueba, momentos de tentación y de desierto.

La vida cotidiana en pareja no es sencilla; pueden surgir muchas amenazas que arriesgan comprometer y perturbar nuestra serenidad y robarnos la alegría, porque el demonio, divisor y mentiroso, no pierde oportunidad para tratar de debilitar y destruir la familia, iglesia doméstica y futuro de la humanidad.

En el frenesí de la vida, podemos perder de vista cuánto importa nutrir y construir, junto con Dios, nuestra relación de pareja, dejando, en cambio, espacio a la frialdad, al distanciamiento, a los desacuerdos, que pueden comprometer la armonía y la paz en nuestras relaciones conyugales y familiares, y todo eso nos aleja del cónyuge, de nuestros seres queridos y de Dios.

Los momentos de desierto dentro de la pareja pueden adoptar formas diversas: momentos de dificultad, de incomprensión, en los que uno se siente solo, aunque esté acompañado. La tentación, entendida como todo aquello que nos distrae y nos aleja de nuestro ser esposos cristianos, puede tocar nuestros deseos de ser amados sin tener que amar, de pensar en nosotros mismos antes que en el otro, olvidando que también existen sus necesidades, acumulando bienes personales sin compartirlos.

Podemos, de hecho, dejarnos tentar adoptando comportamientos de división, tomando decisiones egoístas que no miran al bien de la familia; en la relación conyugal pueden prevalecer actitudes poco caritativas como mandar, decidir sin tener en cuenta la opinión del cónyuge, olvidar el diálogo, la confrontación, sentir tras tantos años de matrimonio el cansancio de caminar juntos, prefiriendo, a veces, espacios relacionales externos, en el ámbito del trabajo o de la amistad, en lugar de dedicar nuestro tiempo a momentos de compartir en familia o tornando el limitado tiempo dedicado a nuestros seres queridos árido y poco gozoso.

Estamos, pues, cada día en la prueba, en un desierto en el que somos tentados por lo que el mundo nos pide ser, a menudo en contraste con lo que Dios nos llama a ser.

Jesús en el desierto vive su batalla y lucha; también nosotros estamos invitados a entrar en este espacio de prueba, en un desierto que no es lugar de perdición, de aridez y muerte, sino un lugar del que no debemos tener miedo.

Jesús nos enseña que la tentación no debe eliminarse, sino atravesarse. Él cruza el desierto y combate las tentaciones a las que es sometido y, con su humanidad, se acerca a nosotros, a nuestras fragilidades, a nuestras miserias, a nuestras luchas cotidianas. Revoluciona el concepto de desierto, porque este lugar de combate puede convertirse en una ocasión, en una oportunidad para mirar dentro de nosotros mismos y encontrar a Dios; en un desierto como espacio íntimo para hacer silencio, escucharnos y escuchar su palabra que habla a nuestro corazón, palabra que es alimento para nuestra vida; en un desierto como lugar en el que ayunar para vaciarnos y hacer espacio a Dios. Acoger los momentos de desierto y de tentación, experimentar nuestra humanidad más baja reconociendo todas nuestras miserias y fragilidades, aceptándolas con humildad, es ocasión para admitir, en nuestra pequeñez, cuánto necesitamos de la ayuda de Dios. Es siempre en el silencio donde se aprende a combatir el mal y se vencen las tentaciones, con la fuerza que solo Dios nos puede dar.

Pidamos al Espíritu Santo que nos conceda la luz para reconocer los astutos ataques del diablo, la fuerza para atravesar y vivir las pruebas y los momentos de desierto, el don del silencio que nos pone en la condición de percibir las tentaciones que nos alejan de Dios, el deseo de hacer su voluntad y la escucha plena de su Palabra, que nos guía como brújula y navegador indispensables para superar y vencer las insidias del mal, reconociéndonos día tras día necesitados del sostén y de la ayuda de Dios, con la certeza de que Él permanecerá siempre a nuestro lado.

(Traducido del original en italiano).

EVANGELIO

El Espíritu llevó a Jesús al desierto; ahí lo tentó el demonio.

✠ Del santo Evangelio según san Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto, donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por el demonio. No comió nada en aquellos días, y cuando se completaron, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le contestó: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre». Después lo llevó el diablo a un monte elevado y en un instante le hizo ver todos los reinos de la tierra y le dijo: «A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras». Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás». Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras». Pero Jesús le respondió: «También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él, hasta que llegará la hora.

Palabra del Señor.

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