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Mi capacidad de amar a mi cónyuge depende de mi capacidad de acoger el amor que Dios tiene para mí

Por: Rosa Maria y Giorgio Middione (Alleanza di famiglie).

El evangelista Marcos presenta, este domingo, el diálogo entre Jesús y un doctor de la ley que le interroga preguntándole: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?».

Ante la pregunta del escriba, Jesús, incluso antes de responder, realiza una breve exhortación, llamando en primer lugar a la escucha. Con las palabras «escucha, Israel», nos invita a callar, a abrir nuestro corazón para comprender y acoger su preciosa e iluminadora palabra, pero esto solo puede suceder después de que nos hayamos vaciado por completo para dejar espacio a Dios y a sus enseñanzas.

Este pasaje bíblico es una dulce y clara invitación al amor que se expresa en dos caminos: hacia Dios y hacia el prójimo.

El primer mandamiento nos exhorta a mirar hacia Dios, mientras que el segundo nos invita a mirar a nuestro lado a nuestro prójimo más cercano. Dos caminos de vida que, vividos juntos, son la verdadera fuerza de todo creyente cristiano; dos preceptos que se unen de tal manera que se convierten en un solo mandamiento, que abraza e incluye a todos los demás. El texto dice: «amarás».

Jesús usa un verbo en el futuro, como para decir que el amor no tiene límite de tiempo, no tiene fecha límite. Amarás, por tanto, hoy, mañana, en todo lugar y tiempo, en un mes, un año…, porque esto es lo importante: amar, amar, amar por encima de todo, y este es eje del mensaje evangélico, nuestra vocación de cristianos.

Amar a Dios con todo el corazón, en modo totalizante, sin medida, para que este amor pueda dilatarse, expandirse hacia quien se encuentra a mi lado, ya sean mi esposo, esposa, hijo, amigo, pobre, hermano, enemigo… Amar a Dios y amar a los demás en un círculo virtuoso de amor continuo, incansable, eterno. Amando a Dios con todo mi ser, seré entonces capaz, con su gracia, de amar a los «otros».

Jesús vivió toda su existencia amando hasta la muerte y cumpliendo plenamente la voluntad de Dios. Para nosotros fue y será siempre un ejemplo de amor concreto y nosotros, si queremos ser sus discípulos, también estamos llamados a dar amor en la vida todos los días. El amor es el signo tangible por el cual se reconocerán los cristianos, discípulos de Jesucristo. «Todos conocerán que son mis discípulos si se aman unos a otros» (Jn 13, 35). Si leemos el mensaje del evangelio en la luz conyugal, mi prójimo más cercano es justo mi cónyuge, el que camina a mi lado y a quien debo amar y servir.

Las dificultades y tribulaciones encontradas durante los años de matrimonio son muchas y no siempre somos capaces de amar y perdonar. El amor que todo lo abarca al que Dios nos llama no es fácil, humanamente imposible.

¿Cómo puedo amar, servir y respetar a mi cónyuge si primero no me alimento del amor que Dios derrama sobre mí? Mi capacidad de amar a mi cónyuge depende de mi capacidad de acoger el amor que Dios, la fuente principal del amor, tiene para mí.

Si hago una experiencia concreta viva del amor que Cristo tuvo y tiene por mí, dejándome amar por Dios Padre, con su gracia podré amarlo a su vez y, en consecuencia, mirar a mi prójimo, a mi esposo o esposa, con ojos y corazón distintos, con los mismos ojos y corazón con los que Dios me da su misericordia y me ama con todo él mismo.

Si me alimento de amor, entonces podré darlo y mi vida conyugal tendrá un sabor diferente porque crecerá y se hará más sólida y fuerte cada día, llena de alegría y vitalidad.

Los esposos están, por tanto, vinculados a Dios, fuente primaria del amor, y están vinculados entre sí. El diálogo de los esposos con Cristo necesita ser constantemente nutrido y alimentado, a través de la oración personal y de pareja, acercándose a los sacramentos, alimentándose de la comida eucarística y de su palabra, de lo contrario la relación conyugal, si se funda exclusivamente en la buena voluntad mutua y en el sentimiento voluptuoso e inestable, corre el riesgo de empobrecerse y de colapsar con el primer mal tiempo.

Pidamos con fe, a través de la acción poderosa del Espíritu Santo, la gracia de dejarnos amar por Dios, para poder, a su vez, amarlo incondicionalmente y sin medida, y ser capaces de derramar este gran amor recibido sobre los otros, convirtiéndonos nosotros mismos en un don de amor en nuestras familias, en nuestra vida matrimonial y en todos los contextos y situaciones que Dios quiere.

(Traducido del original en italiano).

EVANGELIO

Amarás al Señor tu Dios. – Amarás a tu prójimo.

✠ Del santo Evangelio según san Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» Jesús le respondió: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos». El escriba replicó: «Muy bien, Maestro. Tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y que amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.

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