
Por: Filippa y Gino Passarello, (Alleanza di famiglie).
Hoy la Iglesia celebra a los apóstoles Pedro y Pablo, quienes, tras un encuentro personal con Jesús, el primero en el lago de Tiberíades y el otro en el camino a Damasco, se convirtieron en sus testigos hasta el martirio. Lo que destaca en el evangelio de hoy es la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». En realidad, esta pregunta es el preludio de otra más importante y existencial: «y ustedes ¿quién dicen que soy yo?», una pregunta que interpela personalmente a los discípulos y los obliga a reflexionar y profesar abiertamente su fe en Él. A Jesús no le interesa tanto saber qué piensa la gente de Él, sino quién es Él para sus discípulos; le importa que tengan conciencia de su misión y de su decisión de seguirlo, le interesa conocer cuáles son sus esperanzas. Naturalmente, Él conoce sus corazones, pero quiere llevarlos a entrar con mayor consciencia en el misterio que lo envuelve, desea establecer con ellos una relación de mayor intimidad.
Pedro responde por todos, reconociendo en Jesús al Hijo de Dios y expresando, inspirado por el Espíritu, la profesión de fe que, desde hace más de dos mil años, la Iglesia renueva cada día, acogiendo y anunciando a Jesús como su Salvador y Señor: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
El evangelio de hoy también interpela a nuestras familias cristianas y nos obliga a reflexionar sobre nuestra fe. Con su pregunta incisiva: «Pero ¿quién soy yo para ustedes?», Jesús quiere provocar en nosotros una toma de conciencia, desea despertar inquietud, avivar la sed, el anhelo profundo que tenemos de Él, desea ocupar un lugar central en nuestro hogar. La Iglesia, en su sabiduría, nos recuerda que Jesús «sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (GS, 48).
Sin embargo, a menudo, la fe de las familias cristianas se reduce al simple reconocimiento de la existencia de Dios, al cumplimiento de prácticas religiosas, a la participación en la misa dominical, pero, en realidad, Dios sigue siendo un extraño, lejano al horizonte existencial, a la cotidianidad de la vida, para la cual se confía únicamente en las propias fuerzas, salvo alguna petición de ayuda cuando se han agotado todas las demás posibilidades.
La familia de nuestro tiempo no es diferente de los dos caminantes de Emaús, desanimados y decepcionados, incapaces de percibir, en medio de los acontecimientos humanos, el proyecto de Dios, cerrados a la esperanza; y tampoco es distinta de los esposos de Caná, a quienes les falta el vino y desconocen que con ellos está Jesús, el esposo, capaz de transformar el agua de un amor limitado y frágil en el vino nuevo de su amor fiel, total e indisoluble.
La pregunta de Jesús, hoy, nos pone ante una elección: caminar buscando en nosotros mismos el sentido de nuestro camino, con el riesgo de perdernos, o seguirlo a Él y dejarnos sumergir en su misterio de amor para convertirnos en sus testigos ante los hombres.
Confesar nuestra fe en Jesús equivale a entregarle el timón de nuestra barca, acogerlo en nuestro hogar como Señor, confiarle nuestras vidas, nuestros proyectos, nuestros sueños, significa abandonarnos totalmente a su voluntad. Él es la roca sobre la cual fundar nuestra casa, para que, aunque sople el viento de la prueba y desborden los ríos de la incomprensión y los conflictos, esta no caiga, porque está fundada en el amor que no defrauda, el amor siempre fiel, capaz de hacer florecer el desierto y de reconstruir desde los cimientos lo que está destruido.
Que cada familia, abierta a la acción del Espíritu Santo, pueda responder con prontitud: Tú eres Jesús, el Hijo de Dios, Tú eres el amor incondicional, eres la fidelidad, la ternura, eres nuestra unidad, eres el vino nuevo que, cada día, renueva nuestro pacto, eres la meta que hace seguro nuestro paso, eres la luz que ilumina las noches del dolor, eres la fuerza en las dificultades, eres la alegría incluso en las tribulaciones, porque nada puede separarnos de tu amor. Tú, Jesús, eres el esposo que siempre se entrega y vienes a enseñarnos que, en la entrega total de nosotros mismos, podemos reflejar de manera sublime tu amor por los hombres. Hoy, con alegría, confesamos nuestra fe en Ti, Jesús, y sin dudar afirmamos: Nosotros y nuestra casa te serviremos.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Tú eres Pedro y yo te daré las llaves del Reino de los cielos.
✠ Del santo Evangelio según san Mateo 16,13-19
En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas». Luego les preguntó: «y ustedes ¿quién dicen que soy yo?». Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le dijo entonces: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».
Palabra del Señor.