
Por: Rosa María y Giorgio Middione (Alleanza di famiglie).
El evangelio de este domingo contiene tres importantísimas parábolas y todos los protagonistas (el pastor, la mujer y el padre) pierden algo: el pastor pierde su oveja, la mujer la moneda preciosa y el padre sus dos hijos. El hilo conductor, por tanto, que une las tres historias del pasaje evangélico, está representado por los verbos que se repiten: «perder-perdido», «reencontrar-reencontrado», «alegrarse-hacer fiesta».
En nuestra vida cotidiana, tarde o temprano, todos tenemos la experiencia de la pérdida; es posible perder un objeto de valor o indispensable, bienes preciosos, la salud, el trabajo o una persona importante.
A veces, perdemos algo que nos concierne de primera mano, como la fe en Dios o la confianza en nosotros mismos. A veces, incluso corremos el riesgo de perdernos, de perder el camino principal, alejándonos del bien, de Dios y de sus mandamientos. Podemos, pues, experimentar pérdidas grandes o pequeñas, personales o no, pero que en todo caso señalan nuestro camino individual. Y cuando, luego, sucede que reencontramos lo que hemos perdido, experimentamos una gran alegría y queremos hacer fiesta por el don recibido.
Cada uno de nosotros puede ser la oveja perdida, la moneda perdida, el hijo que lo ha perdido todo, pero también podemos reflejarnos en el buen pastor o en el padre que, con su misericordia y su capacidad de perdón, ama y elige, con su actitud acogedora e insistente, resanar las fracturas en su familia entre él y sus dos hijos. En este sentido, el pasaje de hoy nos interpela tanto por el lado de la relación de pareja como por el de la relación padre-hijo.
En concreto, en la última parábola se anuncia la buena noticia por excelencia, núcleo del Evangelio y de nuestra fe: el perdón y la misericordia de Dios, que representan la fuerza que todo lo vence, que llena el corazón y consuela.
Hoy Jesús nos propone un modelo de vida; Nos invita a ser misericordiosos, ante todo acogiendo la Misericordia que siempre nos ofrece y al mismo tiempo a vivirla todos los días, derramándola en las personas que pone a nuestro lado, sobre todo en nuestro entorno familiar.
La familia es, en efecto, el lugar privilegiado donde se vive y se educa en el amor y el perdón. Los padres que cuidan a sus hijos, los hijos que cuidan a los ancianos, y los cónyuges que se sostienen mutuamente.
Sin embargo, lamentablemente, muchas veces nos alejamos entre cónyuges y entre padres e hijos, y nos reencontramos casi sin darnos cuenta, lejanos, distantes, sin reconocer más a la persona que está a nuestro lado, porque quizás, con el tiempo, los caminos recorridos han creado indiferencia, desinterés y separación.
Hoy el evangelista nos anuncia que siempre podemos empezar de nuevo, si nuestro corazón se mantiene abierto a la acogida y dispuesto a perdonar; a buscar, aun cuando no seamos buscados, sin esperar excusas ni pretender tener la razón. La herramienta para reconectar es el diálogo, útil tanto entre los cónyuges como también en la relación con los hijos; además, son indispensables también los gestos cotidianos de amor y perdón, esa complicidad y aceptación mutua que enriquecen y nutren las relaciones familiares.
La misericordia entre los esposos está presente si reconocemos y acogemos la diversidad del cónyuge, sus debilidades y limitaciones y esa imagen del otro que no habíamos tenido en cuenta. Para amar con esta misericordia necesitamos la ayuda de la oración y de la vida sacramental, que se convierten para nosotros en la savia vital para poder acoger la diversidad y la libertad de nuestro cónyuge y de nuestros hijos. Sí, porque el amor también habla de libertad.
Dios ama libremente a sus hijos, dejándolos libres hasta de equivocarse o de desviarse, pero no se olvida de nosotros aunque no seamos fieles; no nos abandona sino que, paciente, respeta nuestros tiempos; y nunca se rinde, sino al contrario, viene a buscarnos nos espera con los brazos abiertos con amor.
La misericordia tiene que ver, por tanto, con «hacer el bien al otro»: ir en su ayuda, ayudarlo a crecer en el bien, respetando la libertad, como hace Dios. Del mismo modo, los padres y los cónyuges están llamados a hacer lo mismo, porque fueron creados a imagen y semejanza de Dios Padre, para amar con el mismo amor misericordioso que él mismo nos da a cada uno de nosotros.
Dejemos, pues, que nuestro corazón sea cada día más amoroso y benévolo, así como hoy, con esta parábola Jesús nos enseña. ¡¡¡Acoger, amar, buscar y perdonar!!! sin peros, sobre todo, sin fin.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se arrepiente.
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 15,1-32.
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: «Este recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido”. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse. ¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido”. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente». También les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la herencia”. Y él les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: “¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores”. Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus criados: “¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezó el banquete. El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo”. El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: “¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo”. El padre repuso: “Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”»
Palabra del Señor.