
Por: María y Sebastiano Fascetta (Alleanza di famiglie).
Aguardar, esperar, detenerse, vigilar y concentrarse, son algunas actitudes poco practicadas al interior de la vida cotidiana y, en particular, de la vida matrimonial. Estamos siempre frenéticos, corriendo por el tiempo, apurados, distraídos, desconcentrados, cansados y abatidos. En consecuencia, no sabemos reconocer el misterio que se abre en la vida, en las relaciones familiares y en el tiempo que vivimos. No nos damos cuenta del grito de ayuda que nos dirigen los gestos y actitudes de nuestro cónyuge e hijos.
Esperamos sorpresas, algo nuevo, algo que rompa la monotonía diaria, pero no tenemos ojos para verlos. Esperamos gestos de amor de nuestro cónyuge, pero no logramos verlos porque estamos replegados en nuestras expectativas, en nuestras necesidades. Del mismo modo, en nuestra relación con Dios, no logramos ver los signos de su amor, porque estamos esperando algo más que dé respuesta a nuestras necesidades, problemas, y requerimientos.
También Juan el Bautista oye hablar de Jesús, pero está confundido, y quizás hasta desilusionado, porque no coincide con sus expectativas. No entiende si Jesús es el Mesías esperado o no. Jesús no responde directamente sino que envía signos precisos: los ciegos ven, los cojos andan… para ayudarnos a comprender que la espera no es un tiempo suspendido, sino un acto de responsabilidad hacia la vida, hacia uno mismo y hacia los demás.
Esperar significa entrar en una dimensión existencial bajo el signo de la calma y del desapego, para hacer el bien, para actuar en beneficio de los demás. No se trata de esperar a un Dios que desciende del cielo, sino de ser cielo en esta tierra, de obrar en modo mesiánico, de ser en la familia, como en la sociedad, instrumentos de curación, de liberación, de consuelo, y de acogida hacia los personas con las que vivimos cotidianamente. De este modo, esperamos a Aquel que es y que viene.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
✠ Del santo Evangelio según san Mateo 11, 2-11.
En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: «Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí». Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: «¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No. Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él».
Palabra del Señor.