
Por: Soraya y Michele Solaro (Alleanza di famiglie).
«Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca». Esta invitación a la conversión es el corazón del anuncio que, por boca de Juan Bautista, se nos dirige este domingo. Todo el Evangelio, en realidad, es una invitación a seguir a Jesús, a dejarnos transformar, y por tanto convertir, por Aquel que nos da su misma vida. ¿Qué otro camino podría encontrar el hombre para asegurar la paz con sus semejantes y la armonía con la creación, sino aquel de acoger y seguir al Hijo de Dios?
Cuántas veces, incluso en el ámbito familiar, frente a las situaciones más exigentes y difíciles, aquellas que exigen el diálogo sincero y el enfrentamiento con el otro, cedemos a la tentación de mantener nuestras posiciones, de encerrarnos en nosotros mismos, arriesgandonos a poner en peligro la paz con nuestros propios seres queridos y la armonía en nuestro hogar.
«Acójanse los unos a los otros como Cristo los acogió a ustedes», es la dirección clara que la segunda lectura nos indica para no empantanarnos en el agotador camino de las pasiones, del orgullo y del resentimiento, y no perder de vista la misión que ha sido encomendada a la Iglesia, a todo bautizado y, por tanto, a toda familia cristiana: anunciar un amor más grande «preparando el camino del Señor que viene».
El tiempo de Adviento es una oportunidad para invocar juntos el don de la conversión, incluso para los más temerosos, para que Jesús que viene tenga todo el espacio de nuestro corazón y de nuestra vida.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca.
✠ Del santo Evangelio según san Mateo 3, 1-12.
En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: «Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca». Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos. Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río. Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham. Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue».
Palabra del Señor.