
Por: Daniela y Giuseppe Gulino (Alleanza di famiglie).
En el evangelio de hoy, vemos a Jesús entrar en el templo y purificarlo con decisión: no soporta ver la casa del Padre reducida a un mercado. Este es un gesto de amor apasionado: el templo debe seguir siendo un lugar de encuentro entre el hombre y Dios, un espacio sagrado donde se vive la relación con Él en la verdad y en la gratuidad. El gesto de Jesús nos recuerda que el verdadero templo no está hecho de muros, sino que es su cuerpo. Él mismo es el templo de Dios y el lugar de encuentro con Dios. En Él, la vida vence a la muerte. El mensaje pascual está ya aquí: el templo destruido resurge, más vivo que antes.
En la vida matrimonial, el templo se convierte en una imagen del hogar que los cónyuges construyen juntos, no solo como muros, sino como un espacio sagrado en el cual habita el amor. De vez en cuando, debemos «expulsar a los mercaderes» que se infiltran en la vida de pareja: el cálculo («sólo lo haré si tú lo haces»), el egoísmo, la frialdad. Así como Jesús tiene celo por la casa del Padre, los cónyuges están llamados a ser apasionados y atentos el uno con el otro, sin permitir que su relación caiga en la rutina o el descuido. En el matrimonio, incluso el cuerpo se convierte en lenguaje de amor y comunión: que debe respetarse, custodiarse, acogerse en las alegrías y en las fragilidades, en las crisis o en los momentos de fatiga.
Ahora proponemos una bendición del hogar por parte de los esposos, que se puede recitar quizás tomados de la mano o frente a una vela encendida:
Señor Jesús,
bendice este hogar,
haz que sea siempre un lugar de paz,
de acogida y de amor sincero.
Bendice nuestro matrimonio,
purifica nuestro corazón.
Custodia nuestras palabras,
ilumina nuestros gestos cotidianos.
Haz que quien entre aquí
sienta tu presencia y tu alegría.
Quédate con nosotros y haz de este hogar
un pequeño templo de tu amor.
Amén.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Jesús hablaba del templo de su cuerpo.
✠ Del santo Evangelio según san Juan 2, 13-22.
Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre». En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora. Después intervinieron los judíos para preguntarle: «¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?» Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré». Replicaron los judíos: «Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.
Palabra del Señor.