
Por: Magdalena Encinas y Carlos Altamirano-Morales (DIFAM Zacatecas – Alleanza di famiglie).
El pasaje del evangelio de este domingo, Jesús nos habla a través de una parábola que llama nuestra atención por su dureza. Incluso, las respuestas de Abraham pueden incomodarnos e irritarnos. Sin embargo, su propósito es hacernos despertar, indicarnos la urgencia de mover nuestros corazones y sacar lo mejor de ellos, la urgencia de experimentar y reflejar el amor de Dios, mientras aún estamos a tiempo, porque esto es lo que nos caracteriza como sus hijos.
En la parábola, Jesús describe una realidad más allá de la presente, donde podemos encontrar, por analogía, los mismos elementos que usamos en la vida terrenal, pero expresados en su verdadero significado y con sus consecuencias reales. Por ello, el abismo inmenso que se abre entre el rico y Lázaro es justo lo que el primero ha construido aquí y ahora con su indiferencia.
Por su egoísmo, el rico se ha curvado en sí mismo; esto es, se ha autoaislado, olvidando su identidad como hijo de Dios, lo que le preparaba y llamaba para relacionarse con los demás por medio del amor de Dios. Al descuidar su identidad, él ha perdido su nombre, y solo se le conoce como el «rico», un adjetivo, mientras que el pobre conserva su nombre de Lázaro, que significa «Dios ayuda».
Por eso, a causa de su indiferencia, el hombre rico ha desaprovechado la ayuda que Dios le brindaba para amar y salir del tormento de su autoaislamiento, gracias a la cercanía de Lázaro.
El Papa Francisco ha aclarado que el tormento del rico se agranda debido a que él conocía bien las necesidades de Lázaro, pero nada hizo al respecto en el momento justo: Es «el drama de estar muy, muy informado, pero con el corazón cerrado… Es el abismo de la indiferencia… La indiferencia es este drama de estar bien informados, pero no sentir la realidad de los demás». (Meditaciones diarias, 12 de marzo de 2020).
Esto nos debe recordar que lo que da identidad a cada una de nuestras familias es el ser un lugar de encuentro y una escuela de amor, como nos ha dicho el papa Francisco: «La familia es el lugar del encuentro, del compartir, del salir de sí mismos para acoger a los otros y estar cerca de ellos. Es el primer lugar donde se aprende a amar» (Homilía, 25 de junio de 2022, X Encuentro Mundial de las Familias).
Lamentablemente, esta identidad se pierde cuando nuestra indiferencia, nuestros juicios, ofensas y desatenciones abren abismos infranqueables entre nosotros y nuestros cónyuges, nuestros hijos, nuestros hermanos o nuestros padres. Estos abismos pueden ir más allá de esta vida y solo la gracia de Dios puede tender puentes en ellos, antes de que sea demasiado tarde.
Pidamos a Dios que nos ayude a mantener la identidad de la familia con su espíritu de acogida y de servicio, que no abramos abismos ni seamos insensibles a las necesidades físicas, emocionales o espirituales de los demás, que reconozcamos en todos los necesitados, al interior y fuera de nuestra familia, el rostro del mismo Cristo, quien viene a nuestro encuentro para invitarnos a amar como Él, y a reconocernos, de este modo, como hijos de Dios.
EVANGELIO
Recibiste bienes en tu vida y Lázaro, males; ahora él goza de consuelo, mientras que tú sufres tormentos.
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 16, 19-31
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas. Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él. Entonces gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abraham le contestó: “Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá”. El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos”. Abraham le dijo: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”. Pero el rico replicó: “No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán”. Abraham repuso: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto”».
Palabra del Señor.