
Por: Magdalena Encinas y Carlos Altamirano-Morales (DIFAM Zacatecas – Alleanza di famiglie).
Este domingo, la palabra del Señor nos invita a orar, nos enseña a hacerlo, y nos revela también el significado mismo de la oración. Jesús presenta a sus discípulos lo que conocemos como el Padre Nuestro, la misma oración con la que Él se dirigía a su Padre. Es aquí cuando se observa algo sorprendente.
Jesús no nos ofrece solo una fórmula o secuencia de frases para recitar, sino que nos invita a compartir la misma intimidad que Él tiene con su Padre. Nos invita a decirle «Papá» al Dios creador del universo. Gracias a esto, cuando oramos, no solo imitamos a Jesús, sino que entramos en la dinámica de su propio ser, en su actitud y manera de dirigirse al Padre, hasta el punto de tener, a través de Él, un vínculo íntimo con el Padre, concediéndonos el don de entrar en comunión con Él y de participar de la naturaleza divina.
Por esto, la oración nos configura más con Cristo. Recordemos que ahora, como ha dicho el papa Benedicto XVI, «no somos plenamente hijos de Dios, sino que hemos de llegar a serlo más y más mediante nuestra comunión cada vez más profunda con Cristo». (Ángelus del 25 de julio de 2010). Así, al final, toda oración es por Cristo, por la comunión con Él, y para que su voluntad reine sobre nosotros. Y al entrar en comunión con Cristo, entramos también en comunión con la Iglesia.
De manera consecuente, la oración permite también el momento de mayor intimidad entre los esposos y Dios y refuerza la unión matrimonial y familiar. San Juan Pablo II lo recordaba así: «La familia que reza unida, permanece unida. […] Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios» (Rosarium Virginis Mariae, 2002).
Este año, celebramos también en esta fecha la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores. Para esto, el Papa Francisco nos recuerda el versículo 15 del salmo 92 «en la vejez seguirán dando frutos». Y claro que en la vejez se siguen dando frutos, y uno de ellos es precisamente la oración. La oración puede y debe incrementarse cuando la actividad física disminuye. Como ha dicho el papa Benedicto XVI: «A medida que el curso normal de nuestra vida crece, con frecuencia nuestra capacidad física disminuye; con todo, estos momentos bien pueden contarse entre los años espiritualmente más fructíferos de nuestras vidas. Estos años constituyen una oportunidad de recordar en la oración afectuosa a cuantos hemos querido en esta vida, y de poner lo que hemos sido y hecho ante la misericordia y la ternura de Dios» (Visita a los ancianos en la residencia San Pedro, sábado 18 de septiembre de 2010).
Oremos como Jesús por, y con, nuestros cónyuges e hijos. Oremos por nuestros ancianos, y pidamos a ellos que oren por el resto de la familia. Hagámosles saber que su oración es de gran beneficio para nosotros.
EVANGELIO
Pidan y se les dará.
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 11, 1-13
Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Entonces Jesús les dijo: «Cuando oren, digan: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación’». También les dijo: «Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: ‘Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle’. Pero él le responde desde dentro: ‘No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados’. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite. »Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra, y al que toca, se le abre. ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra? ¿O cuando le pida pescado le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?»
Palabra del Señor.