
Por: Rosa María y Giorgio Middione, (Alleanza di famiglie).
La palabra del evangelio de hoy interpela a cada uno de nosotros, tanto a nivel de individuos como de cónyuges y de padres, indicando las coordenadas a seguir para establecer una verdadera y sincera relación de amor con quien está a nuestro lado.
En el pasaje son presentadas dos figuras principales en las que cada uno de nosotros puede identificarse: la figura del buen samaritano que socorre y se hace prójimo de quien tiene necesidad de ayuda y la del que cae en manos de bandoleros y se encuentra en una condición del peligro, herido y sufriente.
En el pasaje que dice: «Un hombre (que no tiene nombre, por tanto, podríamos ser cada uno de nosotros) que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó…», Jesús nos quiere mostrar que alejarse de Jerusalén significa alejarse de Dios, de lo que es bueno para nosotros, encontrarnos en una condición de «peligro», a merced de nosotros mismos, de nuestro pecado, de nuestras fragilidades, de nuestras pasiones y de tantos bandoleros (tentaciones) de la vida.
Todos podemos encontrarnos en un momento difícil, de desánimo en el cual tenemos necesidad de amor, de consuelo, de «ayuda» y es precisamente en esos momentos que a veces pensamos en prescindir de Dios y poder contar sólo con nuestra fuerza humana alejándonos de Él. Y es en ese momento que el Señor viene a nuestro socorro ofreciéndonos su ayuda también a través de las personas que nos rodean y se convierten en sus manos benditas que vienen al encuentro de nuestras necesidades.
Hoy, Jesús nos pregunta si queremos ser estas manos benditas, su extensión de amor sobre la tierra. ¿Estamos dispuestos a hacernos cada día prójimos y samaritanos de los que viven a nuestro lado y de los que el Señor nos hace encontrar en el camino de nuestra vida, sobretodo si viven en situación de necesidad y requieren, por medio de nosotros, si elegimos ser instrumentos de Dios, del abrazo del Padre?
Todo cristiano está llamado a hacerse instrumento de Dios «samaritano» del otro que está junto a nosotros para cuidar de él y de sus necesidades. ¡Pero qué difícil es hacer todo esto! La parábola de este domingo es sugestiva hasta que tenemos que encarnarla, porque en la vida real, en cambio, se vuelve difícil de aceptar y vivir, especialmente si confiamos solo en nuestra fuerza y no en la ayuda que puede venir de lo Alto, de Dios y el Espíritu Santo, que nos da la fuerza y la compasión para sentir y entrar en el corazón y el dolor de los que sufren para acogerlos y consolarlos.
Hagamos una pausa para mirar y recordar.
Cuantas veces Dios ha tenido compasión de mí, cuantas veces me ha cuidado, cuando estaba herido/a, triste, desconsolado/a, rechazado/a y abandonado/a por todos, incluso por los más cercanos a mí, es Él quien me ha ayudado y levantado. Él ha curado mis heridas y las ha sanado. Siempre es Dios quien me ha amado con un amor único, especial y gratuito, Él ha sido mi samaritano, y nos invita hoy a hacer lo mismo con los que viven en la aflicción, el peligro y la tentación del mundo, que está en una condición de necesidad, ya sea una necesidad material o emocional/afectiva.
Dios nos llama hoy a ser samaritanos el uno con el otro en nuestra relación de pareja, el esposo con su esposa, el padre con los hijos, en un impulso recíproco de cuidarse unos a otros, y al mismo tiempo permitir humildemente que los demás cuiden de nosotros, creando así una alternancia de amor continuo y eterno. Pero para ayudar, debemos tener compasión, es decir, nuestro corazón debe sentir la misma emoción y sufrimiento que sienten los que lo padecen.
Enséñanos, Jesús, a reconocerte cuando te haces nuestro prójimo, para que del reconocimiento de tu cercanía pueda derivar el deseo de acoger y cuidar a las personas que encontramos y que has querido poner junto a nosotros.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
¿Quién es mi prójimo?
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 10, 25-37
En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?» El doctor de la ley contestó: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo». Jesús le dijo: «Has contestado bien; si haces eso, vivirás». El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús le dijo: «Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?» El doctor de la ley le respondió: «El que tuvo compasión de él». Entonces Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».
Palabra del Señor.