
Por: Ermelinda y Franco Cidonelli (Alleanza di famiglie).
Inmediatamente después de la Fiesta de Todos los Santos, que nos recuerda nuestra vocación a la santidad, la Iglesia nos invita a celebrar la Conmemoración de los Fieles Difuntos.
Podría parecer una disonancia: la alegría de la santidad seguida de la tristeza de conmemorar a los difuntos, ¡pero no es así!
Conmemorar significa, sin duda, recordar de manera especial a nuestros seres queridos que han fallecido. Sin embargo, depende de nosotros elegir si recordar la tristeza de la separación, que nunca es fácil de superar, o todo el bien que recibimos de cada uno de ellos, los buenos ejemplos que aprendimos, los hermosos momentos que compartimos.
Como San Agustín ante la muerte de su madre, debemos aprender a decir: No te pregunto por qué me la quitaste, sino que te doy gracias por habérmela dado.
La nuestra será, pues, una agradecida conmemoración, una que da gracias al Señor, una serena celebración, porque nuestra fe nos dice que quienes, por el bautismo, se convirtieron en miembros del Cuerpo de Cristo, por la muerte, pasan con Él a la vida eterna. Por lo tanto, tenemos la certeza de que nuestros seres queridos siguen viviendo en Dios y en comunión con nosotros, peregrinos aún en la tierra, especialmente en la oración y la Liturgia Eucarística.
La conmemoración de los difuntos se convierte así en una invitación a vivir plenamente, esforzándonos por alcanzar la santidad y la vida sin fin.
Y el evangelio nos interpela y nos conmueve, recordándonos que el Padre nos reconocerá como suyos, no por nuestros ritos, oraciones, palabras o promesas, sino por nuestras acciones concretas en el amor que hemos aprendido de Él, tanto entre nosotros en la familia como hacia los demás, recordándonos que todo el bien que no hemos hecho a los demás se considera no hecho a Él.
Así pues, agradecidos al Señor por el ejemplo de los santos, por todo el bien recibido de nuestros seres queridos difuntos, sostenidos también por sus oraciones, mientras esperamos el banquete que el Padre ha preparado para todos sus hijos, comprometámonos a vivir nuestra vida diaria más en su amor, y aun en medio de las dificultades, esperemos con confianza su redención y salvación, seguros de que, como dice el salmo: «Quien espera en el Señor no será defraudado».
Oremos al Espíritu Santo para que despierte su presencia en cada familia, para que en él seamos capaces de amarnos los unos a los otros y de amar como Cristo nos ama, para que un día el Señor también nos diga: «Vengan, benditos del Padre», para alegrarnos junto con nuestros seres queridos en su presencia. Amén.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
El que coma de este pan vivirá para siempre y yo lo resucitaré el último día.
✠ Del santo Evangelio según san Juan 6, 51-58.
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida». Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Jesús les dijo: «Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan, vivirá para siempre».
Palabra del Señor.