
Por: Filippa y Gino Passarello (Alleanza di famiglie).
La primera lectura y el evangelio del primer domingo de Cuaresma nos hablan de la tentación: la tentación que corrompe a Adán y Eva porque infunde la sospecha contra Dios en sus corazones y despierta sentimientos de soberbia y deseo de omnipotencia, y la tentación que Jesús afronta y vence, fortalecido por su confianza en el Padre y por una elección de humildad y servicio que contrasta con la lógica de la soberbia y la dominación.
Las palabras clave de este domingo son tentación y desierto, experiencias que suelen estar entrelazadas porque, cuando experimentamos pruebas y aridez, también llega la tentación, que a menudo nos hace dudar de Dios y de su amor y nos impulsa a buscar nuestra seguridad en la posesión de las cosas, en la autoafirmación y en el prestigio social.
Incluso en nuestra vida familiar, a menudo hay momentos de desierto y confusión, momentos en los cuales somos más frágiles, en los que experimentamos el miedo y la soledad, la incomprensión y la decepción. Es precisamente en estos momentos que el tentador intenta nublar la pureza de nuestra mirada sobre nuestro cónyuge, ya no visto como un sacramento de la presencia de Dios, sino como un límite a nuestra felicidad, como un objeto de posesión y dominio, y no como la «ayuda» que Dios nos ha confiado para realizar su plan de amor. Esta tentación nos impulsa a aferrarnos a las seguridades humanas y a creer que solo podemos confiar en nuestras propias fuerzas.
Sin embargo, el desierto no es solo el lugar de la prueba. Es también el lugar del silencio y de la escucha, el lugar donde es más fácil distinguir lo esencial de lo superfluo. El desierto es también el lugar del encuentro con Dios, que nos permite comprender cuánto más fecundo y gozoso es el camino de la entrega y del servicio con respecto al de la opresión y la posesión; el de la confianza y el abandono a la voluntad del Padre con respecto al de la autosuficiencia.
Jesús no huye de la prueba, sino que la afronta y la supera, porque encuentra alimento en la Palabra de Dios y porque, en la lógica del amor, se despoja de toda prerrogativa divina y elige el camino del servicio y el abajamiento. Él ha vencido y, con Él, nosotros también podemos vencer.
En la fidelidad a la oración en común, en la lectura de la Palabra de Dios y en la Eucaristía, cada familia puede encontrar la fuerza para resistir las tentaciones del mundo y experimentar la dicha de un amor abierto a la eternidad de Dios.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
El ayuno y las tentaciones de Jesús
✠ Del santo Evangelio según san Mateo 4, 1-11
En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: «Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Jesús le respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna». Jesús le contestó: «También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras y me adoras». Pero Jesús le replicó: «Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás». Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle.
Palabra del Señor.