Cuanto más aprendamos a amar a Cristo, más seremos capaces de amar a nuestro cónyuge, a nuestros hijos y a todas las personas
El evangelio de este domingo nos ofrece varias enseñanzas. Jesús confía a sus discípulos instrucciones fundamentales para la misión a la que han sido llamados: construir el Reino de Dios y proclamar el Evangelio.
Por: Rosa María y Giorgio Middione (Alleanza di famiglie).
En su enseñanza, el Señor nos invita una vez más a amar, pero esta vez nos pide que lo amemos a Él por encima de todo afecto. Esta petición puede parecer exigente, pero en realidad nos ayuda a comprender el orden correcto del amor.
Las relaciones afectivas son un precioso don de Dios, pero no nos pertenecen. A veces, los vínculos más significativos pueden transformarse en relaciones soficantes, exclusivas o posesivas, impidiendo que el otro crezca y se realice plenamente según el proyecto que Dios ha pensado para él. Podemos depositar expectativas tan altas en nuestra pareja, hijos o padres que les atribuimos un papel que solo le corresponde a Dios. De estas dinámicas nacen con frecuencia dependencias emocionales, miedos a decepcionar o a ser decepcionados, y una pérdida progresiva de la libertad del corazón.
Esto no se corresponde con el estilo de amor que Dios nos enseña. Por eso, Jesús nos invita a ponerlo en primer lugar, no para restar valor a nuestros afectos, sino porque solo en Él encuentran su significado más auténtico. La relación con Cristo precede y sustenta toda otra relación: es el fundamento sobre el cual construir vínculos sanos, libres y capaces de fomentar el crecimiento en los demás.
Cuando Jesús nos pide que lo amemos más que a nadie, no quiere privarnos del amor de nuestros seres queridos, sino recordarnos que es precisamente de su amor de donde nacen y se nutren todos los demás amores. Cuanto más aprendamos a amar a Cristo, más seremos capaces de amar a nuestro cónyuge, a nuestros hijos y a todas las personas que el Señor ponga en nuestro camino.
El Evangelio prosigue indicando lo que todo discípulo está llamado a hacer para seguir al Maestro: tomar su cruz. Tras dar el lugar que les corresponde a nuestros afectos, se nos invita a abrazar con fe las pruebas, las fragilidades y las dificultades de la vida, uniéndolas a las de Cristo. Solo aferrándonos a Él la cruz no se convierte en motivo de desesperación, sino en una oportunidad para la conversión, el crecimiento y la maduración espiritual.
Estas son las bases de la vida cristiana: vivir el mandamiento del amor a través de la entrega. Entregarse significa descentrarse en uno mismo, dejar de lado el egoísmo para dar cabida al otro. Cuando Jesús habla de «perder la propia vida», se refiere precisamente a esto: ofrecerla a Dios y a los hermanos. Y es, paradójicamente, en esta entrega donde encontramos la verdadera vida.
El amor que el Señor nos pide experimentar se expresa a través de gestos concretos. El «vaso de agua» del que habla el Evangelio se convierte en el símbolo de cada acto de acogida, cuidado y atención hacia quienes nos rodean. Significa reconocer la sed de los demás, que no es solo material, sino a menudo afectiva, espiritual o interior, y buscar responder a ella con amor.
El Señor, por lo tanto, nos invita a mirar con mayor atención a nuestros prójimos más cercano: el cónyuge, los hijos, los familiares y todos aquellos que comparten con nosotros el camino de la vida. Estamos llamados a abrir nuestros corazones para reconocer sus necesidades y dificultades, para convertirnos, con nuestro amor, en un pequeño signo de la presencia de Cristo.
Señor Jesús, ayúdanos a vivir aquello que hoy nos has enseñado. Danos ojos capaces de ver con tu mirada misericordiosa, oídos atentos para escuchar la sed y las necesidades de quienes nos rodean, un corazón rebosante de tu amor y manos dispuestas a servir. Que sepamos cuidarnos unos a otros, consolando las aflicciones, apoyando en las debilidades y saciando, con tu amor, la sed de aquellos que nos has confiado. Amén.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
El que no toma su cruz, no es digno de mí. Quien los recibe a ustedes me recibe a mí.
✠ Del santo Evangelio según san Mateo 10, 37-42
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa».
Palabra del Señor.
