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El Espíritu nos enseña un nuevo amor que puede captar la belleza de la presencia divina en nuestra familia

Por: Filippa y Gino Passarello (Alleanza di famiglie).

En el evangelio de este domingo, Jesús afirma que ha venido a traer fuego a la tierra y que desearía que ya estuviera ardiendo.

Juan el Bautista ya había predicho que otro, más fuerte que él, vendría a bautizar, ya no con agua, sino «con el Espíritu Santo y fuego». El bautismo de Juan, de hecho, es simplemente una invitación a la conversión; el bautismo que Jesús trae es el fuego del Espíritu que renueva el corazón del hombre y lo prepara para aceptar la salvación. Por eso, Él desea verlo ya encendido y anhela ardientemente vivir su bautismo, consumar su Pascua para que ese fuego arda en el corazón de cada hombre y mujer, iluminándolo, calentándolo e injertándolo en el corazón de Dios.

«Si nos abrimos completamente a la acción de este fuego que es el Espíritu Santo —dice el Papa Francisco—, Él nos donará la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su confortante mensaje de misericordia y salvación».

En efecto, el fuego del Espíritu es el que hace viva la fe y audaz el testimonio.

Las familias que se abren a la acción del Espíritu no solo se abren al misterio del amor de Dios que habita en ellas, sino que se convierten en la levadura que fermenta la masa, una lámpara que ilumina el camino, un anuncio gozoso de la presencia de Dios y su amor por la humanidad incluso en medio de las pruebas de la vida.

Jesús no nos promete una vida tranquila, libre de obstáculos ni adversidades. Al contrario, su mensaje perturba nuestra existencia serena, nos plantea una elección, nos pone en camino, porque el Espíritu es dinamismo, audacia y esfuerzo hacia la meta.

Abraham, Moisés y María emprendieron este viaje porque creyeron en la promesa de Dios. Cada uno tuvo que dejar algo y a alguien atrás: su patria, su familia, sus planes, sus sueños, la perspectiva de su propia historia y vida.

Para María, José era el esposo con el que su joven corazón había soñado; ahora forma parte de un plan más amplio que no solo los concierne a ellos dos, sino a toda la humanidad.

También nosotros, como esposos, estamos llamados a emprender un viaje y, insertos en un plan más amplio, nos convertimos en profetas de un mensaje destinado a todo hombre.

El Espíritu Santo enciende los corazones y aleja el riesgo de una fe tibia, que se refugia en el compromiso, se instala en una vida tranquila y tolerante con una cultura que denigra la belleza y el valor de la familia y ofende la dignidad de la vida.

Sin el Espíritu, es difícil abrirnos a la novedad del amor y acogernos y amarnos unos a otros, cada día, con valentía y generosidad como respuesta a una vocación.

Por muy fuertes que parezcan las palabras de Jesús, Él no nos pide que no amemos a nuestro padre, a nuestra madre, a nuestros hijos; nos pide que no los amemos más que a Él, sino que los amemos en Él, que los amemos con Él. El Espíritu nos da una nueva perspectiva sobre nuestro esposo, nuestra esposa, nuestros hijos; nos enseña un nuevo amor que puede mirar más allá y captar la belleza de la presencia divina en ellos.

Por supuesto, como le sucedió a Jesús y a los profetas antes que él, aún hoy el testimonio del evangelio suscita incomprensión, a menudo escarnio e incluso hostilidad, pero la familia cristiana no puede eludir el deber de proclamar la belleza y la generosidad del amor de Dios y su pasión por la humanidad.

Pidamos al Espíritu un corazón dócil y ardiente para que, como nos invita Pablo en la carta a los Hebreos, corramos «con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fija la mirada en Jesús» (Hb 12, 1-2a) y no perdamos el ánimo si debemos vivir el bautismo de la cruz. porque, como Jesús, estamos seguros del gozo que nos ha sido pometido.

(Traducido del original en italiano).

EVANGELIO

No he venido a traer la paz, sino la división.

✠ Del santo Evangelio según san Lucas 12, 49-53.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega! ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

Palabra del Señor.

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