
Por: Ermelinda y Franco Cidonelli (Alleanza di famiglie).
El evangelio de este domingo nos invita a la fe. Pero la fe no es algo abstracto; debe vivirse en la vida cotidiana, sabiendo valorar adecuadamente las cosas materiales (dinero, casa, trabajo, familia, etc.) que se nos dan para nuestro propio bien y el de quienes el Señor pone a nuestro lado. Una fe vigilante, con la ropa ceñida a la cintura y las lámparas encendidas, dispuestos a acoger y presenciar el paso del Señor en nuestras vidas, como los judíos esperaban su paso para ser liberados de la esclavitud en Egipto.
El Señor viene, no solo en el último momento de nuestra vida terrena, sino cada día, a través de nuestra historia cotidiana. Dichosos seremos si somos siervos a quienes el Señor encontrará dispuestos y que lo reconocen.
Pero hay un aspecto que queremos destacar. Antes de nuestra fe en Dios, está la fe de Dios en la humanidad, un Dios que dice a un pueblo: «Ya no tienes que ser esclavo, puedes ser libre» (primera lectura). Quien les dice a Abraham y a Sara: «Pueden ser padre y madre de muchas naciones» a pesar de su esterilidad (segunda lectura); quien nos dice a cada uno de nosotros: «Te confío mis bienes porque tú puedes ser un administrador fiel».
Dios tiene fe en mí, tiene fe en ti, porque conoce nuestras capacidades mejor que nosotros mismos, y nos invita a usarlas para ser bendecidos cuando el Señor pase por allí («Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servir»).
El evangelio y todas las lecturas de hoy nos plantean preguntas: ¿Cómo vivimos concretamente nuestra fe? ¿Cuál es el «tesoro» que buscamos, valoramos y protegemos en nuestras vidas (hogar, trabajo, hijos, dinero, cónyuge, etc.)? (Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón).
¿Somos capaces de ver la presencia de Dios en nuestra vida diaria? («porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino»). Estas palabras podrían desanimarnos, pero en su ternura, el Padre lo anticipa. Por eso comienza con su «No temas», porque no es Dios el juez, sino el Padre. que confía sus bienes a sus hijos y les pide que los administren.
Que nuestros hogares se conviertan entonces en esa Tierra Prometida a la que el Señor nos conduce para que la cultivemos y nos alimentemos de sus frutos.
Bienaventuradas las familias si el Señor nos encuentra cumpliendo con alegría, no por miedo, la tarea que nos ha encomendado: amarnos y amar con su amor.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
También ustedes estén preparados.
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 12, 32-48.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino. Vendan sus bienes y den limosnas. Consíganse unas bolsas que no se destruyan y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla. Porque donde está su tesoro, ahí estará su corazón. »Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos. »Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre». Entonces Pedro le preguntó a Jesús: «¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos?» El Señor le respondió: «Supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre, con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia. Dichoso este siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene. Pero si este siervo piensa: «Mi amo tardará en llegar» y empieza a maltratar a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada, llegará su amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte que a los hombres desleales El servidor que, conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más».
Palabra del Señor.