
Por: María y Sebastiano Fascetta, (Alleanza di famiglie).
El evangelio de hoy nos permite mirar las relaciones familiares y conyugales desde la perspectiva de Cristo Esposo. De hecho, Él está presente en cada hogar como huésped y como anfitrión.
Como huésped, porque no impone su presencia, sino que se entrega con amor, libremente, cada vez que, como esposos, lo invocamos y esperamos, con ardiente deseo, el don del Espíritu Santo. Como anfitrión, porque es Él, el esposo, quien renueva gratuitamente el vino nuevo del amor, transformando la vida cotidiana en familia en un evento de gracia, una ocasión de salvación, una posibilidad de conocer la misericordia divina que permea y regenera cada gesto humano. Como huésped, Cristo Esposo pide ser acogido; como anfitrión, nos acoge.
Sin embargo, queridos esposos, podemos no darnos cuenta de la presencia del esposo y vivir la cotidianidad replegados en nosotros mismos, abrumados por las preocupaciones y las inquietudes diarias. Incluso, podemos pensar que somos excelentes cristianos, esposos modelo comprometidos en la parroquia o en la pastoral familiar, sin preocuparnos de verificar la calidad (y también la cantidad) de nuestra escucha de la Palabra de Dios, de la voz del Espíritu.
De hecho, a menudo le pedimos a Dios lo que necesitamos y esperamos su respuesta, pero raramente nos preocupamos por comprender qué quiere Él de nosotros, cuál es su voluntad y hacia qué caminos desea conducirnos. No se trata de hacer cosas por Jesús (como Marta), sino de hacer lo que Jesús pide (como María). No lo que nos gusta, sino lo que le gusta a Dios.
Para evitar malentendidos, queridísimas familias, Dios no desea otra cosa que nuestra felicidad. La alegría plena es la «mejor parte» que Dios nos ofrece. Una vida matrimonial bella, buena y feliz es la voluntad de Dios.
Por eso, es necesario tomarnos un tiempo en pareja para escuchar la Palabra de Dios, tal vez releyendo juntos el evangelio del día y luego dejándonos envolver por el silencio, aunque sea por unos instantes, para percibir la voz del Espíritu que resuena dulcemente en lo profundo de los corazones en estado de escucha.
En la escuela de la Palabra podemos aprender a escucharnos como esposos, a discernir el lenguaje verbal y no verbal, a guardar silencio, a no dejarnos condicionar por los prejuicios, respetando la unicidad de cada uno. Quien escucha verdaderamente cambia, se deja transformar. Quien no escucha pretende que cambie el otro o la otra.
La escucha del otro o la otra es la condición para alimentar el amor, para exaltar y reconocer la identidad de cada uno, para aprender a conocernos a nosotros mismos, para acoger también aquello que nos desconcierta, nos perturba y nos expone a la vulnerabilidad.
Aprendamos de Jesús Esposo a mirar la «mejor parte» que emerge, cada día, en nuestra esposa, esposo, hijo o hija, poniéndonos a la escucha, con un corazón manso y humilde.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Marta lo recibió en su casa. – María escogió la mejor parte.
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 10, 38-42.
En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: «Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude». El Señor le respondió: «Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará».
Palabra del Señor.