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Somos dichosos hoy, porque Dios está presente hoy, aquí con cada uno de nosotros, en nuestra familia

Por: Lina y Dino Cristadoro (Alleanza di famiglie).

Jesús con sus discípulos se encuentra en lo que luego se llamará «el monte de las Bienaventuranzas»; a su vista el lago, la llanura, el bosque verde, el cielo sereno, una paz invade su corazón; y allí, mirando a todos los que habían acudido a él para ser sanados y liberados, o incluso para escuchar sus palabras, en aquel silencio, Jesús pronuncia su discurso: palabras nunca antes escuchadas.

Tiene en los ojos y en el corazón los sufrimientos de cada pobre, tullido y perseguido. Ciertamente siente compasión, el amor le hace ver «más allá»; Jesús va siempre a ese «más allá» de nuestra historia, de nuestro pecado, más allá de nuestras debilidades.

Llama dichosos a los que sufren. Es incomprensible todo esto. Sin embargo, Jesús fascina y convence porque ese discurso es una cascada de promesas: ofrece el Reino de los Cielos, el consuelo, la saciedad, la visión de Dios. El proclama que las personas más desgraciadas son bienaventuradas. Las promesas de Dios son eficaces y realizan siempre lo que anuncian.

Somos dichosos hoy, porque Dios está presente hoy, aquí con cada uno de nosotros, en nuestra familia, en la vida cotidiana, dispuesto a compartir con nosotros su alegría y la plenitud de la vida.

Dios se convierte en el tesoro para los pobres de todos los tiempos, para las familias donde muchas veces falta lo necesario, o que encuentran enfermedades y persecuciones, Dios nos invita a confiar en Él, que es Padre providente, y lo hace a través de nosotros. De hecho, somos bienaventurados cuando nos despojamos y nos hacemos pobres porque compartimos los bienes con quien está en la necesidad.

Somos bienaventurados cuando nos dejamos purificar el corazón por el amor misericordioso de Dios, cuando vivimos como regalo el amor recíproco en familia y con corazón puro sabemos acoger su proyecto de amor: «el amor de dos esposos que pueden cambiar la sustancia de las cosas» (San Juan Crisóstomo). Bienaventuradas las familias que tienen fe en Dios incluso en el dolor y en la soledad, porque tienen la certeza de que Jesús mismo habita la condición humana y familiar.

Bienaventuradas las familias que se hacen compañeras de viaje de los que lloran, haciéndose cargo del sufrimiento de los demás.

Bienaventurados nosotros, los esposos, cuando sabemos perdonar al otro.

Bienaventurados los papás y las mamás que, explotados en el trabajo, no responden a la prepotencia y a la arrogancia con la misma insolencia, sino que confían en la justicia de Dios y saben actuar con mansedumbre al reclamar sus derechos.

Las palabras pronunciadas por Jesús en aquel monte traen consuelo, porque tienen el poder de cambiar la vida de quien las acoge. Se ve todo con ojos nuevos, los ojos de la fe, los ojos de Jesús que ha vivido la condición humana compartiendo cada sufrimiento y que ha sufrido la persecución y la injusticia como el último en la tierra.

Él, manso y misericordioso, ha renunciado a toda forma de violencia y de venganza, olvidando el mal recibido; ha sentido hambre y sed de justicia, de relaciones verdaderas, y frente a las hipocresías y falsedades ha construido relaciones de armonía y de paz; ha hecho suyo todo nuestro mal y lo ha redimido, resuelto, resucitado, para que siempre pudiéramos descubrir allí la bienaventuranza.

Él está presente en todos nuestros sufrimientos: Él es la bienaventuranza. Él es el «Dios con nosotros»: esta es la gran promesa del Señor, ¡y en Él, somos dichosos!

(Traducido del original en italiano).

EVANGELIO

Dejándolo todo, lo siguieron

✠ Del santo Evangelio según san Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar». Simón replicó: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes». Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!» Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor.

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