Por: María y Sebastiano Fascetta (Alleanza di famiglie).
La transfiguración de Jesús es la anticipación de su resurrección, revelación del cumplimiento de toda su entrega a la humanidad, por amor y en la libertad.
La cruz no es la última palabra. A pesar del continuo flujo y reflujo de violencia, guerras, pandemias de este tiempo histórico, el mal no tiene la última palabra, porque Cristo Resucitado está presente y manifiesta continuamente el poder de su amor. En efecto, Él difunde energías de vida a través de la disponibilidad de todos los que suben con él al monte de la transfiguración para participar de su amor y llevar esperanza en la historia.
La transfiguración es una revelación del amor de Dios que ilumina las tinieblas de nuestro corazón, las relaciones de pareja, la vida familiar, abriendo nuevos horizontes de esperanza. Concretamente, ser transfigurados como pareja significa asumir la perspectiva de Dios, mirar la historia personal, familiar, social y mundial con esa luz que brota de la conciencia de que Dios actúa en la historia, de que no nos abandona, de que continua amándonos a pesar de nuestras rebeliones e infidelidades.
Sin embargo, para sacar fuerza de la Luz, debemos escuchar la palabra que es lámpara para nuestros pasos. En el monte de la transfiguración aparecen Moisés y Elías, la Ley y los profetas; la enseñanza (este es el sentido profundo del término Torá) y la constante llamada a la conversión (este es el núcleo esencial del mensaje profético). La ley es una enseñanza para vivir una existencia buena, bella y feliz. La profecía es palabra encarnada que sabe discernir la presencia de Dios en la historia.
Jesús lleva a cumplimiento la ley y la profecía a través de la entrega total de sí mismo que el sacramento del matrimonio expresa de manera particular a través del amor hombre-mujer. En el matrimonio se vive la nueva ley del amor, que se hace profecía en la vida cotidiana de los esposos. En ellos, el amor se transfigura, se hace visible y vivible, manifestación del Dios Uno y Trino a través de la fidelidad cotidiana, la paciencia y la mansedumbre recíprocas.
No se trata de ir en busca de lugares santos o de experiencias místicas, porque los esposos están llamados y acompañados por el Espíritu de Cristo Resucitado a vivir cada ámbito de la vida cotidiana como lugar posible de transfiguración, de transformación, de maduración en Cristo. Esto sucede cada vez que los esposos saben realizar gestos humanos de atención, cuidado, escucha, perdón, compartir, amándose con todo lo suyo.
Las relaciones cotidianas son, pues, el lugar de la transfiguración donde el marido se convierte en manifestación del rostro de Cristo y viceversa la mujer. Ambos son la carne transfigurada de Cristo.
Para sumergirse en la luz de la transfiguración, hay que aprender a rezar juntos. Jesús se transfigura mientras oraba. Orar juntos en pareja es necesario para aprender a estar en la presencia de Dios y asimilar su forma de pensar y actuar. Una oración que se convierte en diálogo, escucha, compromiso recíproco para seguir juntos y con humildad al Señor poniéndose al servicio de los demás esposos, manifestando la belleza del sacramento del matrimonio.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto.
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 9, 28b-36
En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: «Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía: «Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo». Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo. Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.
Palabra del Señor.