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Que el Señor nos ayude a experimentar la alegría de ser pequeños y sencillos ante Él

Por: Lina y Dino Cristadoro (Alleanza di famiglie).

Las palabras de Jesús nos advierten del riesgo que corremos cuando nos sentimos perfectos, y mejores respecto a los demás. La presunción de ser justos a veces nos hace soberbios y despectivos del prójimo. Esto puede ocurrir también en la familia, entre los cónyuges, cuando en vez de ser «aliados» nos comportamos como jueces, uno con respecto al otro.

Jesús nos invita a ponernos delante de nosotros mismos con absoluta honestidad de corazón, no exaltándonos sino mirando más bien a Dios, que es misericordia. Es importante que pongamos la misma atención en la relación con nuestro cónyuge y nuestros hijos, cuando el diálogo se vuelve difícil y las posiciones parecen mostrarnos sólo los defectos del otro.

El fariseo sube al templo no para orar a Dios, sino para jactarse de sus propios méritos: en su corazón, en lugar de Dios, ha puesto a su ego; profundiza sólo en un monólogo de autoexaltación. El Papa Francisco nos recordaba que necesitamos «desarrollar el hábito de dar importancia real al otro. Se trata de valorar su persona, de reconocer que tiene derecho a existir, a pensar de manera autónoma y a ser feliz… Para ello hay que tratar de ponerse en su lugar e interpretar el fondo de su corazón» (AL, 138).

El publicano es un pecador arrepentido que ni siquiera tiene el valor de acercarse al Señor, se queda lejos, sin levantar los ojos al cielo, reconoce su miseria y está dispuesto a convertirse. Confía en Dios, que justifica a todo el que se acerca a Él con toda humildad, y con un corazón contrito.

No asumamos la actitud del fariseo, que confía sólo en sí mismo y en la perfecta observancia de la ley, sino pongámonos delante de Dios como publicanos necesitados de misericordia y de amor. Presentémonos también al cónyuge con nuestras necesidades y acogiendo las suyas.

Todos estamos en camino y necesitamos siempre ser lavados y fortalecidos por la gracia que brota del sacramento celebrado. En esta parábola, Jesús nos habla otra vez de la oración, de la relación filial y de la intimidad con Dios, que es nuestro Padre; llamar a Dios «Padre» no depende de nuestros méritos, sino que es un don del Espíritu Santo (Rom, 8).

Las parejas cristianas no son personas perfectas, sino hombres y mujeres que han experimentado el perdón. Sólo quien se siente amado y perdonado sabe amar y perdonar a su vez a los demás. «El amor supera las peores barreras. Cuando se puede amar a alguien, o cuando nos sentimos amados por él, logramos entender mejor lo que quiere expresar y hacernos entender» (AL, 140).

¡Que el Señor nos ayude a experimentar la alegría de ser pequeños y sencillos ante Él, para ser «exaltados», es decir gratos, acogidos y salvados!

(Traducido del original en italiano).

EVANGELIO

El publicano regresó a su casa justificado y el fariseo no.

✠ Del santo Evangelio según san Lucas 18, 9-14.

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias». El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: «Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador». Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor.

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