
Por: Jesús Miguel Pérez
La familia no es simplemente una unidad social: es un «santuario de vida» y la «iglesia doméstica»1.
Ante la persecución, la familia se convirtió en la «iglesia doméstica» en el sentido más literal del término. Las familias mexicanas fueron mártires de la vida cotidiana: no sólo hubo mártires en el campo de batalla; hubo familias enteras que sufrieron el ostracismo social y la pérdida de empleos por no renunciar a sus convicciones2. El hogar fue el refugio de la fe y la resistencia
En la mayor parte de México, las casas se convirtieron en refugios y las cocinas en centros de organización. Las mujeres aprovechaban que su presencia generaba menos sospechas para moverse entre pueblos, transportar objetos y sostener la red comunitaria que permitió la continuidad del movimiento.
La Cristiada también se libró en silencio, y ese silencio tuvo rostro femenino.
Iniciado el alzamiento armado de los católicos en varios estados de la República Mexicana, la situación comenzó a complicarse. Por un lado, la lucha contra el Gobierno era desigual en número de personas, armamento, alimento, medios de comunicación, transporte y refugio; y por otro, era claramente necesaria una mejor organización interna.
Las brigadas de Santa Juana de Arco se fortalecieron día a día por sus cimientos firmes, sus convicciones, su sólida preparación, su fe y sus ansias de libertad.
Luis Flores González, un hombre de prestigiosa capacidad intelectual, organizó un cuerpo de mujeres con disciplina militar, dispuestas a enfrentarse a todas las pruebas y sacrificios, conscientes de poder llegar incluso a ser sometidas a torturas y a la muerte; una entrega al servicio valiente y total por la defensa de la libertad de culto.
En los meses de mayo y junio de 1927 quedó definitivamente organizada la agrupación «Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco».
El 28 de junio de 1926 se firmó un documento en el que se incorporan las Brigadas Femeninas a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, en el que se comprometían a secundar la acción desarrollada para obtener la reconquista de las libertades y su consolidación, y a prestar servicios a los jefes militares reconocidos por la Liga, básicamente consiguiendo y proveyendo a los combatientes de elementos como dinero, alimentos, vestuario, medicinas, correo, refugio y parque, así como curar y proteger a los combatientes lastimados. Eran ellas también las encargadas de transportar armamento escondido de pueblo en pueblo.
La Cristiada no podría entenderse sin la cooperación de las mujeres, quienes fueron un sostén insustituible para la lucha. Son ejemplo para todos en la defensa de nuestras libertades.
El ejército callista detectó que el trabajo de las mujeres se estaba materializando en triunfos para los cristeros y, por tanto, en derrotas y pérdidas materiales para ellos. Esto las convirtió en blanco de ataques, violaciones e innumerables atentados.
Historia contada en primera persona, de fácil comprensión para la infancia y libre de narración violenta.

Yo soy Quica, la única mujer de la fotografía y te contaré algo muy especial:
Una noche cuando Toribio me dice: «Creo que allá en la mesita está el cielo», y yo creo que no se equivocó… allí está una partecita del cielo, allí construyó el templo donde hoy se le venera y celebró su primera misa.
Una mañana de Pascua a la edad de siete años, Toribio recibió por primera vez la sagrada comunión. El sacerdote que le dio la primera comunión les decía a los niños: «Este es, queridos niños, el día más feliz de toda su vida»; por la noche, Toribio me dijo: «Se está acabando el día más feliz de mi vida…».
Después le dije: «No Toribio, este día el Niñito Jesús se entregó a ti, para toda la vida… pero el día que tu seas sacerdote, tú, te entregarás a Él, para toda la eternidad… Entrega que hizo Toribio el día 5 de enero de 1924, en su primera misa y que culminó el sábado 25 de febrero de 1928, con el sacrificio de su vida».
Cuando llegó el momento de que Toribio se uniera íntimamente a Cristo, con pasos vacilantes camina, cuando cayó en mis brazos, y con voz fuerte le dije «Valor, padre Toribio… ¡Jesús misericordioso recíbelo! ¡Viva Cristo Rey!»
Una última mirada a aquellos ojos azules y agonizantes, fue la despedida del padre Toribio, para conmigo, quien lo llevé al sacerdocio y al martirio.
