
Cada familia es, por su naturaleza, misionera, la prolongación del abrazo misericordioso del Padre
Por: Soraya y Michele Solaro (Alleanza di famiglie).
La Cuaresma es el tiempo favorable para experimentar la misericordia de Dios, para redescubrirnos como «nuevas criaturas», amadas, y libres, y la parábola contada por Jesús, en el Evangelio de este domingo, nos abre a esta perspectiva, en la cual cada uno de nosotros puede sentirse objeto del inmenso amor del Padre.
La escucha, la acogida y el perdón, deberían formar parte de la vida cotidiana de nuestras familias, pero ¿es siempre así? ¿Somos de verdad capaces de ser también nosotros canales, facilitadores, de esa «reconciliación» que el Padre continuamente, a través de Jesús, nos ofrece?
Es verdad, amar al otro, seguir confiando en él, implica siempre algún riesgo, sea por el miedo a decepcionarse al verlo volver a caer en los mismos errores del pasado, o bien, por una negativa frente a nuestra oferta de perdón Sin embargo, no debe ser motivo para tirar la toalla.
El Papa Francisco —citando a Gabriel Marcel— en 𝘈𝘮𝘰𝘳𝘪𝘴 𝘓𝘢𝘦𝘵𝘪𝘵𝘪𝘢, reitera que: «amar a un ser es esperar de él algo indefinible e imprevisible; y es, al mismo tiempo, proporcionarle de alguna manera el medio de responder a esta espera». Todos estamos en la posibilidad de responder al otro, a sus expectativas de amor, de perdón, de reconciliación, en la medida en que, ante todo, acojamos la salvación que Jesús continúa ofreciéndonos, dando todo de sí mismo en la cruz.
Los esposos que participamos de esta donación tenemos una misión grande en el servicio a los demás, en el testimoniar que hay algo más que las expectativas que el mundo ofrece, que la salud no es sólo la ausencia de enfermedad, que la paz no es sólo la ausencia de guerra, que poseer no es sinónimo de riqueza.
Cada familia es, por su naturaleza, misionera, la prolongación del abrazo misericordioso del Padre que sigue buscando, persiguiendo, a una humanidad cada vez más desorientada, incapaz de comprender el verdadero valor de la vida, y es en el responder a esta misión que la familia contribuirá, siempre más, a revelar el rostro de Dios al mundo: Jesús, el único capaz de dar respuesta a las expectativas de todo hombre.
(Traducido del original en italiano).
EVANGELIO
Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida.
✠ Del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publícanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: «Este recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la herencia que me toca». Y él les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: «¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores». Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo». Pero el padre les dijo a sus criados: «¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado». Y empezó el banquete. El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: «Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo». El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: «¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo». El padre repuso: «Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado»».
Palabra del Señor.