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Reconozcámonos necesitados de sus cuidados, de su curación y, sobre todo, de su amor

Por: Rosa María y Giorgio Middione (Allenza di famiglie).

El Evangelio de hoy nos habla del primer milagro de Jesús y nos muestra la fuerza de la fe, la verdadera, la que «mueve montañas» (Mateo 17,20); esa fe que hace decir al leproso: «Si tú quieres, puedes curarme».

El leproso «no se resigna ni ante la enfermedad ni ante las disposiciones que hacen de él un excluido. Para llegar a Jesús, no teme quebrantar la ley y entra en la ciudad» (Papa Francisco, Audiencia general, 22 de junio de 2016).

La oración del leproso es sencilla, directa, sentida y llega poderosamente al corazón de Jesús que «se compadeció de él». Y nosotros, ¿cuando le pedimos cualquier cosa a Dios, cómo nos comportamos?

El leproso representa lo que con demasiada frecuencia vivimos en nuestras familias, en nuestra relación conyugal: el aislamiento, la soledad y el desapego, aunque vivamos en la misma casa.

La experiencia de sentirse solo, sobre todo en los momentos de prueba, no es ajena a nadie. ¿Cuántas veces nos hemos sentido leprosos en nuestra vida? ¿Cuántas veces no nos hemos sentido acogidos, sino alejados, por las personas que queremos?

A veces las discusiones, los malentendidos, las tribulaciones crean distancias que nos alejan cada día más, llevándonos quizás a cometer errores y caer en el pecado.

Y es entonces cuando vivimos como leprosos, impuros, enfermos, aislados, solos. ¡Pero justo este estado de sufrimiento y de pecado puede ser nuestra salvación!

De hecho, sólo admitiendo y viendo cada día nuestro estado de «lepra», podemos encontrar la modestia de postrarnos ante Jesús y pedir su presencia y su curación. No necitamos largos discursos, sólo necesitamos abrir nuestro corazón y encomendarnos a Él, reconociéndonos necesitados de sus cuidados, de su curación y, sobre todo, de su amor.

Nuestra familia es hermosa a sus ojos, a pesar de la pobreza que la habita. Jesús nos mira con compasión, con amor desmedido, infinito y loco.

Él mira nuestras carencias y con su mirada amorosa de Padre va más allá, acogiendo nuestro dolor y sufrimiento con nosotros y por nosotros, transformando nuestra «lepra», porque quiere sanarnos con su amor, que es un bálsamo.

Muchas veces, nuestro orgullo nos hace creer que todo depende de nosotros, para bien o para mal. El Señor desea nuestra oración, para pedir su intervención en nuestra vida, su ayuda, su abrazo y fortalecer nuestra fe en su amor, que todo lo puede.

La humildad de admitir que no podemos superar los problemas y las crisis que afligen a cada matrimonio, a cada familia, nos permite reconocer que necesitamos a Jesús. Estamos casados ​​en Cristo, pero Él es, de hecho, muchas veces «el excluido» en nuestra relación.

Encomendemos nuestra familia al cuidado y a la misericordia de Dios, para que nos sane de toda «lepra» y nos dé conciencia cada día de que Él puede transformar nuestras miserias en frutos, nuestras heridas en ventanillas y nuestra soberbia en humildad, para acogerle con fe fuerte y sincera en nuestro hogar. Amén. ​

(Traducido del original en italiano).

EVANGELIO

𝘚𝘦 𝘭𝘦 𝘲𝘶𝘪𝘵ó 𝘭𝘢 𝘭𝘦𝘱𝘳𝘢 𝘺 𝘲𝘶𝘦𝘥ó 𝘭𝘪𝘮𝘱𝘪𝘰.

✠ Del santo Evangelio según san Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: «Si tú quieres, puedes curarme». Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: «¡Sí quiero: Sana!» Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.
Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: «No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés». Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor.

 

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